Esther Duque
Directora-editora de Castilla y León
Una puerta cerrada, una fotografía sobre una cómoda, el pastillero dispuesto para la noche, la silla donde alguien descansa cada tarde, la habitación de una residencia que durante años ha sido hogar. Todo queda suspendido cuando una voz ordena salir.
Castilla y León vuelve a vivir estos días pendiente de las llamas. Las imágenes muestran columnas de humo, carreteras cortadas, vehículos de emergencia y vecinos que abandonan sus casas con aquello que han podido reunir. Detrás de cada evacuación existe una historia distinta y, dentro de esa multitud desplazada, hay personas para quienes marcharse exige mucho más que subir a un autobús o cerrar una vivienda.
Una persona mayor puede necesitar tiempo para comprender qué ocurre, ayuda para vestirse, medicación a una hora precisa, oxígeno, una silla de ruedas o la presencia de alguien conocido que le devuelva seguridad. Una persona con discapacidad puede afrontar barreras físicas, sensoriales o cognitivas que multiplican la angustia. Quien vive con demencia quizá abandone su habitación sin entender por qué, llegue a otro edificio y busque una puerta, una voz o un rostro familiar. En esos minutos, la protección adquiere una dimensión profundamente humana.
Los protocolos resultan imprescindibles, aunque su verdadera eficacia se mide en la capacidad de reconocer las necesidades de cada persona. Hace falta transporte adaptado, profesionales suficientes, información accesible, continuidad asistencial, coordinación sanitaria y espacios de acogida preparados. Hace falta saber quién precisa insulina, quién utiliza audífonos, quién se comunica mediante pictogramas, quién puede desorientarse y quién necesita conservar cerca un objeto que le aporte calma.
La emergencia coloca a prueba los recursos públicos y, al mismo tiempo, revela la fortaleza de quienes sostienen los cuidados. Profesionales de residencias, auxiliares de ayuda a domicilio, personal sanitario, trabajadores sociales, voluntarios, familiares y vecinos convierten los planes escritos en protección real. Preparan historiales, reúnen medicamentos, trasladan ayudas técnicas, tranquilizan a quienes sienten miedo y reconstruyen una rutina provisional en medio de la incertidumbre.
Su labor merece reconocimiento, formación y respaldo. También exige que la atención a la vulnerabilidad ocupe el centro de la planificación frente a los incendios. Castilla y León posee una población envejecida, una extensa dispersión territorial y numerosos municipios donde los servicios se encuentran a varios kilómetros. Estas características reclaman mapas sociales tan precisos como los forestales, con información actualizada sobre las personas que pueden requerir apoyo durante un confinamiento o una evacuación.
La prevención empieza mucho antes de que aparezca el humo. Empieza con montes cuidados, pueblos habitados, caminos accesibles, comunicaciones fiables y servicios públicos cercanos. Continúa con planes locales ensayados, centros residenciales conectados con los dispositivos de emergencia y plantillas que conozcan cómo actuar ante situaciones de máxima presión. Alcanza también a quienes viven solos, reciben atención domiciliaria o dependen de la electricidad para mantener equipos esenciales.
Cada incendio recuerda que proteger el territorio y cuidar a sus habitantes forman parte de una misma responsabilidad. El bosque, la vivienda, la residencia, el centro de día y la pequeña plaza del pueblo pertenecen al mismo paisaje humano. Cuando uno de esos espacios arde, toda la comunidad pierde una parte de sí misma.
Conviene mirar igualmente hacia quienes combaten las llamas. Bomberos forestales, agentes medioambientales, brigadas, personal de emergencias, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, sanitarios y voluntarios trabajan bajo temperaturas extremas y en condiciones cambiantes. Su esfuerzo protege hectáreas, viviendas y explotaciones, pero, sobre todo, protege vidas. Detrás de cada perímetro asegurado puede haber una persona mayor que permanece en su pueblo, una residencia que conserva su hogar o una familia que recupera el sosiego.
El regreso llegará cuando la emergencia lo permita. Para muchas personas será un alivio; para otras, el comienzo de una nueva inquietud. Quedarán viviendas dañadas, paisajes transformados, recuerdos alterados y una sensación de fragilidad difícil de apagar. También en ese momento deberá permanecer el acompañamiento, mediante apoyo psicológico, atención social, seguimiento sanitario y respuestas ágiles para quienes hayan perdido bienes, autonomía o seguridad.
Una sociedad se reconoce en la manera en que protege a quienes necesitan más ayuda. Durante un incendio, esa medida adquiere una claridad incontestable. Salvar vidas implica abrir rutas seguras, movilizar recursos y frenar las llamas. Implica también preservar la dignidad, escuchar el miedo, sostener una mano y procurar que cada persona conserve, incluso lejos de su casa, aquello que le permite sentirse a salvo.
