Tacho, la huella del tratante

Rubén Seca ha llevado al cine la vida  de Anastasio Las Heras, uno de los últimos  vendedores de animales vivos de la provincia,  y ha construido alrededor de él un relato sobre longevidad, transmisión de conocimientos, cuidados, mujeres rurales y relevo generacional.

El cortometraje, premiado en Ruréfilos y en el Festival de Cine Rural de Astorga, recorre casi un siglo de transformaciones a través de una familia que continúa vinculada a la ganadería.

ESTHER DUQUE/ SORIA

Rubén Seca buscaba un burro para una secuencia de Los Cangrejos cuando llegó hasta Anastasio Las Heras, Tacho, y aquel encuentro que podía haber terminado con la resolución práctica de un rodaje abrió una historia distinta, más larga que los veinte minutos que finalmente ocupa en pantalla y también más profunda, porque el cineasta encontró a un hombre de 90 años que seguía moviéndose entre animales con la seguridad de quien ha empleado toda una vida en observarlos, conocerlos y trabajar con ellos, un tratante capaz todavía de llamar a unos caballos desde la distancia y provocar que acudieran al galope, como si entre aquella voz y los animales existiera un acuerdo establecido muchos años atrás.

La escena permanece en la memoria del director. Le sorprendió la potencia con la que Tacho llamó desde la valla y, sobre todo, la respuesta inmediata de los caballos, que reconocieron a quien llevaba décadas relacionándose con ellos. «Eso me impresionó mucho. Demuestra la conexión fuerte con los animales», recuerda Seca. En esa secuencia ha encontrado también una de las claves de la película, porque parte del conocimiento acumulado durante una existencia se manifiesta precisamente así, incorporado a la voz, al gesto, a la manera de acercarse a una res o de interpretar su comportamiento, saberes que han pasado durante generaciones mediante la convivencia y cuya importancia aparece con toda claridad cuando quienes los poseen alcanzan edades avanzadas.

A aquella primera impresión se sumó que Anastasio le contó que sus padres habían ayudado a los abuelos de Seca durante la posguerra, una conexión familiar desconocida por el cineasta que terminó de acercarlo a un personaje cuyo mundo, además, despertaba en él una curiosidad particular. Nacido en Barcelona y unido a Soria por parte de su familia, el director ha reconocido que su procedencia urbana ha condicionado una mirada atraída por aquello que encontraba al otro lado de su experiencia cotidiana, el campo, los animales, los oficios ligados a ellos y unas relaciones familiares construidas alrededor de una actividad que ha atravesado generaciones enteras. De ahí ha surgido Tacho, documental financiado por la Diputación Provincial de Soria que ya ha recibido el premio al Mejor Cortometraje Documental en Ruréfilos y el galardón al Mejor Corto Documental en el Festival de Cine Rural de Astorga. Seca ha partido del deseo de documentar un oficio que pierde representantes y ha acabado filmando algo de mayor alcance, una conversación entre edades distintas sobre qué permanece cuando cambian los trabajos, cómo se transmite aquello que una persona ha aprendido durante décadas y qué lugar ocupa la experiencia de los mayores dentro de una sociedad que necesita comprender su propia trayectoria para proyectarse hacia delante.

Memoria

Tacho pertenece a una generación que ha conocido las grandes ferias ganaderas, los desplazamientos para comprar y vender animales, las relaciones comerciales asentadas sobre el conocimiento directo entre las partes y una manera de ejercer el trato en la que experiencia y reputación constituían herramientas esenciales. Su recorrido vital alcanza además el presente digital, hasta el punto de que la actividad ha incorporado internet y ha permitido mantener operaciones con compradores situados incluso fuera de España. La última venta realizada por Anastasio se sitúa en diciembre de 2023 y resume, en cierto modo, la amplitud de esa transformación, porque el mismo hombre que ha conocido el comercio ganadero ligado a las ferias ha terminado utilizando herramientas digitales para prolongar su actividad. Seca lo interpreta como una muestra de adaptación, una capacidad para incorporar los recursos de cada época conservando el conocimiento adquirido sobre los animales y el mercado.

El archivo ha permitido al director dimensionar mejor el mundo en el que se formó Tacho. Fotografías tomadas hace cinco o seis décadas muestran ferias que ocupaban extensas zonas en torno a las poblaciones, concentraciones de ganado y personas cuya magnitud sorprende desde el presente. Ese material, junto con imágenes relacionadas con Almazán, Berlanga, la trashumancia y otras manifestaciones de la cultura pecuaria soriana, ha situado la biografía del protagonista dentro de una historia compartida por centenares de familias.

Ahí el documental adquiere especial interés desde los servicios sociales. La longevidad aparece vinculada a la acumulación de experiencia y a la posibilidad de transmitirla, una dimensión que amplía la mirada sobre las personas mayores y las sitúa como parte activa de la construcción cultural de una comunidad. Seca las define como «los portadores de la memoria de los tiempos que los más jóvenes no hemos visto y no hemos vivido», una frase que en Tacho encuentra una traducción concreta en nombres, gestos, animales y lugares.

La película crece cuando alrededor de Anastasio aparecen sus descendientes y el relato deja de apoyarse únicamente en aquello que pertenece al pasado para mostrar la continuidad de una actividad familiar que ha sabido cambiar con cada generación. Alfonso, hijo de Tacho, mantiene una importante trayectoria como ganadero y ha desempeñado además un papel decisivo durante el rodaje, abriendo el archivo familiar y facilitando fotografías que han permitido reconstruir otras etapas de la vida de su padre. Marta, nieta de Anastasio, salió de Soria para estudiar Periodismo en Londres y después regresó para desarrollar también su propia actividad con ganado, una trayectoria que enlaza formación, movilidad y retorno y que introduce en el documental una idea del medio rural alejada de cualquier imagen inmóvil. Leonardo, bisnieto de Tacho, aporta otra dimensión. Durante la filmación apenas tenía cinco años y ya empezaba a reproducir algunas de las formas con las que su bisabuelo se dirige a los animales. Seca se ha detenido especialmente en ese detalle, igual que en la permanencia de determinadas líneas de ganado recuperadas por Anastasio y conservadas después por la familia. Lo que ha viajado de una generación a otra incluye técnicas, maneras de observar, expresiones, decisiones y una familiaridad con los animales que se adquiere acompañando a quienes ya la poseen.

Entre Tacho y Leonardo se extienden más de ocho décadas y, al mismo tiempo, existe una continuidad que permite entender el envejecimiento desde una perspectiva intergeneracional. El mayor aporta el conocimiento reunido durante toda una vida, los adultos lo adaptan a condiciones económicas y tecnológicas diferentes y el niño empieza a entrar en ese universo desde otro tiempo, con herramientas y oportunidades distintas, aunque algunos sonidos siguen siendo los mismos. La película ha convertido así la transmisión en uno de sus asuntos centrales y sitúa el valor de la experiencia depende también de la existencia de receptores, de espacios compartidos y de relaciones capaces de hacer circular lo aprendido. Allí donde varias generaciones mantienen contacto, la memoria adquiere una utilidad concreta y deja de ser recuerdo aislado para convertirse en recurso familiar y comunitario.

Mujeres

La historia de la familia Las Heras también obliga a mirar hacia quienes han sostenido durante décadas una parte esencial de la actividad rural desde posiciones mucho menos visibles. Rosario, esposa de Anastasio, aparece ligada al cuidado de la familia, los animales y la organización diaria de una explotación en una época en la que las responsabilidades domésticas y productivas se acumulaban con especial intensidad sobre las mujeres. Seca la recuerda como una «luchadora nata» y ha explicado que asumió una enorme carga de trabajo mientras atendía simultáneamente la vida familiar y el ganado. Rosario ha preferido mantenerse alejada de la cámara, aunque finalmente aceptó aparecer junto a Tacho en un plano que ha permitido incorporar su figura al documental y reconocer una aportación decisiva en la historia familiar.

También la madre de Marta posee una extensa experiencia ganadera y la propia nieta representa ya una generación de mujeres que desarrolla esa actividad desde una posición profesional más visible. El recorrido entre unas y otras permite observar cómo han evolucionado el reconocimiento, la capacidad de decisión y la presencia femenina dentro del sector, al tiempo que recuerda hasta qué punto el sostenimiento de las explotaciones ha dependido durante décadas de trabajos productivos y de cuidados realizados de manera simultánea.

Encuentro

La presentación pública de Tacho el 13 de agosto en La Rubia, un pueblo que tiene alrededor de 24 habitantes y aquella noche ha reunido a más de 300 personas para ver el documental en el lugar donde vive Anastasio y donde se ha filmado una parte importante de la película.

El cineasta ha recordado la sorpresa de llegar y encontrarse con espectadores procedentes de distintos lugares de la provincia, una respuesta que ha interpretado como medida del afecto que Tacho ha construido después de tantos años de trato con ganaderos, vecinos y familias. «Fue una sorpresa enorme llegar y ver que había más de 300 personas», ha señalado Seca, que ha destacado también la emoción con la que Anastasio y los suyos han vivido la proyección.

La plaza ha convertido la exhibición cinematográfica en un acto comunitario. Allí estaba el protagonista, vivo, acompañado por su familia y rodeado por personas que podían reconocer lugares, costumbres y episodios vinculados a la historia que aparecía en pantalla. La película ha vuelto así al mismo territorio del que había salido y ha encontrado un público capaz de completar sus imágenes con memoria propia. Buena parte del rodaje se ha desarrollado en La Rubia, tanto en el núcleo como en un terreno próximo donde la familia mantiene caballos, mientras otras secuencias han seguido a Cayo y Marta y han incorporado distintos paisajes sorianos. La presentación ha devuelto esas imágenes a su origen y ha transformado durante unas horas una localidad de apenas dos decenas de habitantes en punto de reunión para varios centenares de personas.

En una provincia donde la despoblación ocupa buena parte del discurso público, la escena ha ofrecido otra forma de medir la vitalidad de un pueblo. La asistencia ha hablado de vínculos, pertenencia, reconocimiento y capacidad de convocatoria alrededor de una persona mayor cuya trayectoria continúa teniendo significado para quienes comparten territorio con ella.

Permanencia

Seca ha grabado muchas más historias de las que han entrado en el montaje final. Tacho ha contado anécdotas, ha recuperado recuerdos y ha permitido reunir un material que desborda ampliamente los veinte minutos del documental, mientras el director ha tenido que seleccionar aquello que servía para construir una narración coherente sobre el personaje y su familia. El tiempo añadirá además otra lectura a esas imágenes. El propio cineasta considera que dentro de veinte o treinta años la película habrá adquirido mayor valor documental, cuando las antiguas ferias y determinadas formas de trabajar con el ganado resulten todavía más lejanas para quienes las contemplen.

Ese futuro, sin embargo, empieza ahora. Tacho puede ver la película, compartirla con sus hijos, nietos y bisnietos y contemplar cómo una parte de aquello que ha aprendido durante su vida.

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