La infancia que aprendió a trabajar antes que a jugar

María, Miguel, Ildefonso y Migio recuerdan una época en la que los niños del medio rural ayudaban en casa, cuidaban ganado y trabajaban en el campo mientras la escuela quedaba muchas veces en segundo plano

C.B. Atienza/ Medina de Rioseco

Imágenes de los niños y niñas trabajando en el campo castellano cedidas por Modesto Martín Cebrián

Durante décadas, la infancia en los pueblos poco tuvo que ver con la que hoy conocemos. Antes de que hubiera tiempo para juegos, tablets o videoconsolas, había que arrimar el hombro.  Cuidar del ganado, trabajar en el campo, echar una mano en casa o asumir cualquier tarea que ayudará a sacar adelante a la familia era una escena habitual de un tiempo que parece más lejano de lo que en verdad es. Porque miles de niños y niñas crecieron así, entre pupitres y jornadas de trabajo;  algo que no era excepcional ni escandaloso. Era, sencillamente, la vida que tocaba.

La situación comenzó a cambiar legalmente en 1976 con la aprobación de la Ley de Relaciones Laborales, que fijó por primera vez en 16 años la edad mínima para trabajar y prohibió determinadas tareas peligrosas para los menores. Aquella norma supuso un antes y un después para toda una generación de niños que había conocido una infancia marcada más por el esfuerzo que por el juego. 

Hasta entonces, las leyes apenas habían conseguido frenar una práctica profundamente arraigada. Ya en 1873 la conocida como Ley Benot había intentado limitar el trabajo infantil prohibiendo el empleo de menores de diez años y restringiendo las jornadas laborales. Más tarde llegaron otras regulaciones, como la Ley de Protección a la Infancia de 1904, pero en la práctica muchas veces no se cumplían. Había pocas inspecciones y las necesidades económicas pesaban mucho más que cualquier normativa. 

En Tierra de Campos, como en tantos rincones de España, generaciones enteras crecieron dando de comer a las vacas, guardando ovejas, transportando leche o trabajando junto a sus padres en el campo. Algunos apenas habían aprendido a leer cuando ya asumían responsabilidades de adulto. Sus historias, contadas hoy con serenidad hasta con cierta nostalgia, son también la memoria de un país que no hace tanto tiempo entendía el trabajo infantil como parte inevitable de la vida.

A sus 103 años, María Martín Fernández todavía recuerda perfectamente el sonido de la escuela, las palabras de su maestra y el peso de unas responsabilidades que llegaron demasiado pronto. Su infancia, como la de tantas niñas del medio rural español durante buena parte del siglo XX, estuvo marcada por el trabajo, las obligaciones familiares y la necesidad.

Con una lucidez que sorprende, María habla despacio y mezcla recuerdos duros con el cariño intacto hacia aquellas maestras que intentaron que siguiera estudiando. «Sí, me gustaba ir a la escuela», repite varias veces durante la conversación. Pero entonces, explica que «entonces la vida era muy distinta». Nació en una época en la que muchos niños abandonaban las aulas para ayudar en casa. En su caso, las circunstancias fueron especialmente difíciles. Su madre murió cuando ella era todavía pequeña y María tuvo que hacerse cargo de sus hermanos menores, dos de ellos enfermos. «Era yo la que tenía que echar una mano», explica con naturalidad, como si aún hoy siguiera justificando aquella obligación que le robó parte de la infancia.

Mientras otros niños permanecían en clase, ella tenía que salir antes de tiempo para volver a casa y preparar la comida. «La maestra me decía me decía «María, vete a ver si hierve el puchero»», recuerda. No era un castigo ni una reprimenda. Era simplemente la realidad de una pequeña para la que el colegio convivía con las tareas domésticas. «Como tenía que hacerles la comida, pues no me quedaba más remedio». Aun así, guarda un recuerdo especialmente cariñoso de su profesora, doña Priscenta. «Era muy buena la maestra», afirma sonriendo. Aquella mujer entendía perfectamente las dificultades que atravesaba la familia y, pese a todo, apreciaba las ganas de aprender de la niña. Porque a ella le gustaba estudiar, leer, escribir y aprender las cuentas básicas. Y aunque tuvo que abandonar muchas veces el aula para atender la casa, nunca perdió el interés por la educación. «No era lista, pero tonta tampoco», dice entre risas.

La infancia de María transcurría entre fogones, animales y tareas domésticas. «Iba a coger legumbres y yo misma las cocinaba», recuerda. Hacía pan, lavaba la ropa en el río porque entonces no existían lavadoras y aprendió desde muy pequeña a organizar una casa entera. Todavía describe con detalle cómo guardaban el pan en costales de tela fuerte «para evitar que se pusiera duro». 

Sin duda, para muchas familias, los hijos eran una ayuda imprescindible. La educación quedaba en un segundo plano frente a la necesidad de sacar adelante el día a día. Lo que hoy sería impensable entonces estaba completamente normalizado. Sin embargo, María nunca perdió el vínculo con la escuela. Ya de adulta volvió a estudiar en las clases para mayores del pueblo. En este sentido, recuerda con cariño a las profesoras Inés y María Ángeles.

De trilla y ganado.

Miguel Ángel Alonso Escribano recuerda perfectamente el momento en el que empezó a trabajar. Era solo un niño y, aunque estudiaba en Valladolid, esperaba con ganas la llegada del verano para volver a Montealegre de Campos y ayudar en las labores agrícolas. «Me gustaba mucho la agricultura y siempre estaba deseando trillar y cuidar el ganado», explica.  Comenzó a manejar el tractor familiar con unos 13 años, pese a que su padre no terminaba de verlo claro. «No quería que estuviera en el campo, pero le venía bien porque cayó enfermo», recuerda. En aquel medio rural, muchas veces las circunstancias decidían antes que los propios padres.  No oculta la dureza del trabajo y recuerda un mundo donde los niños crecían deprisa y donde las responsabilidades llegaban muy pronto. Y es que «eran unos años muy distintos a los de ahora», resume. Con el paso de los años, reconoce que aquellas experiencias marcaron profundamente a su generación. «Son recuerdos muy buenos», afirma. Sin embargo, detrás de esas palabras también se adivina el peso de «una infancia mucho más exigente que la de ahora».

De adulto, su vida continuó ligada al campo. Estudió en la Granja Escuela José Antonio, en Villa del Prado, donde las mañanas se dedicaban a las clases y las tardes al trabajo agrícola. Más tarde, tras el servicio militar, se quedó definitivamente trabajando en la agricultura y la ganadería. Incluso ahora, jubilado, sigue sintiendo ese vínculo con la tierra en Montealgre. 

Por su parte, IldefonsoPérez, de Villardefrades, recuerda una infancia parecida a la de tantos niños del medio rural. «Antes era muy distinto. Había que ayudar en casa y en el campo desde la infancia», señala. Sus primeras tareas se relacionaban con el ganado y las labores agrícolas. Cuidar ovejas, llevar vacas o echar una mano en cualquier trabajo necesario formaba parte del día a día. «Era lo normal entonces», dice.  Aunque acudía a la escuela, muchas veces el trabajo tenía prioridad. Las familias necesitaban ayuda constante y los niños aprendían pronto a asumir responsabilidades. «Se hacía lo que hacía falta porque no había otra», recuerda.  Quizá una de las frases que mejor resume aquella época es otra de las que pronuncia Ildefonso: «No lo veíamos como un sacrificio porque todos hacíamos lo mismo». Y probablemente ahí reside una de las claves para entender aquel fenómeno. El trabajo infantil estaba tan integrado en la sociedad que apenas se cuestionaba. Formaba parte de la educación no escrita de los pueblos, donde el esfuerzo y la colaboración familiar se aprendían antes incluso que muchas lecciones escolares.

Con el paso del tiempo, Ildefonso ha visto cómo el mundo rural cambiaba completamente. Los niños de hoy viven otra realidad, con más tiempo para estudiar, jugar y elegir su futuro. Aun así, cree que aquella generación aprendió valores importantes relacionados con el esfuerzo y el compromiso. 

Imágenes de los niños y niñas trabajando en el campo castellano cedidas por Modesto Martín Cebrián

Buscar leche.

Entre los recuerdos de Migio Frontela Valiente hay uno que hoy parece casi imposible: recorrer ocho kilómetros andando para ir a buscar leche. «Ahora parece imposible pensar en eso, pero entonces era lo normal», cuenta.  Como muchos otros pequeños de su generación, empezó a trabajar desde muy pequeño. Participaba en las tareas agrícolas y ayudaba con el ganado mientras intentaba compatibilizarlo con la escuela. «La escuela era importante, pero primero estaba el trabajo y ayudar a la familia», explica. 

Los veranos y las épocas de más trabajo agrícola eran especialmente intensos. Los niños colaboraban prácticamente como un adulto más. «Todos los chavales hacíamos algo», recuerda. Migio asegura que aquellas experiencias les hicieron madurar muy deprisa. Aprendieron el valor del esfuerzo y del sacrificio en una época donde casi nada sobraba. Sin embargo, también reconoce la dureza de aquellos años y la enorme diferencia respecto a las generaciones actuales. «Ahora los niños tienen otras oportunidades y otra vida distinta».

La Ley de Relaciones Laborales de 1976 no acabó de golpe con todos los abusos, pero sí marcó un punto de inflexión definitivo. Por primera vez, España establecía una protección clara frente al trabajo infantil y reconocía que la infancia debía estar ligada a la educación y al desarrollo personal, no a jornadas interminables en el campo o en talleres.  Años después, la Constitución de 1978 reforzó esa protección. El país comenzaba a dejar atrás una realidad que durante generaciones había sido asumida con resignación. Hoy cuesta imaginar a niños de ocho o nueve años que trabajen de sol a sol, caminen decenas de kilómetros para realizar encargos o dejen la escuela para cuidar ganado. Pero ocurrió. Y no hace tanto tiempo. Las voces de María, Miguel, Ildefonso y Migio son el retrato colectivo de una generación que creció demasiado deprisa. 

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