POR ÁNGEL DE CASTRO
Y sí, claro que sí, le vienen bien al espíritu y al cuerpo de una sociedad airada, polarizada, dicen los politólogos, cinco días para reflexionar o 46 y más, porque quizá sean pocos 5, con la que sigue cayendo desde hace años, con una jauría que da cada vez más miedo, la mentira, como arma arrojadiza, el insulto de bocas preñadas de odio, creyéndose en poder de la razón, la verdad y todo el poderío del bolsillo bien colmado o sin un céntimo en los bolsillos.
No diré nombres, pero estoy pensando en personas concretas, políticos, periodistas, y tertulianos a quienes hemos oído mil veces decir lo mismo, y les pediría que no añadan una más, que ya nos lo sabemos de memoria lo que van a seguir diciendo, pensando, mintiendo, exagerando…, y que se vayan un rato o cinco días o tres meses y medio al rincón de pensar, yo mismo, tú misma, porque es tan saludable callarse, hacer silencio, escuchar algo de música, con tu conciencia a solas y al desnudo sin la voz de tu jefe mandando, ordenando y enviando misivas y mantras…
“Más allá de que sea una decisión acertada o un tremendo error, debería hacernos reflexionar sobre el poder del odio y el tipo de sociedad en el que queremos vivir: una en la que haya desaparecido la verdad y cualquier insulto sea legítimo u otra en la que haya un acuerdo mínimo sobre lo tolerable y lo intolerable. Vivimos una deriva que nos está rompiendo como país y como ciudadanos. Y ha llegado el momento de pensar en cómo pararla”, ha escrito Guillermo Altares.
Y yo añado y sintetizo:
Frente a la descalificación, la valoración crítica.
Frente al desprecio al otro, el respeto y la consideración.
Frente al odio, en el fondo, el amor, el aprecio y la empatía.
Frente al vocerío, el insulto y la gresca, el silencio y la música callada.
Frente a la frivolidad, el uso razonado y serio de la palabra y la buena y sabia compostura.
Frente a la salida en trompa, acudiendo a lo simple y el yo lo arreglaba en un pis-pas, la reflexión de 5 días o 46 noches si hiciera falta, y hace, que con ello no se cae el mundo, reconociendo que las cosas son complejas
Frente al acoso y derribo, el diálogo, los pactos, los acuerdos.
Y cuando no se tiene nada que ofrecer, ni digno que decir, nada mejor que el silencio, la reflexión y un poco de meditación con uno mismo y dejando que actúen la decencia y la sabiduría.
Y en lugar de mirar a un muro que no te devuelve nunca tu imagen, ponerte frente al espejo cuando echas espuma por la boca y poder contemplar lo necio y ridículo en lo que estás cayendo.
Tanto tú, como yo, como el Presidente del Gobierno, y sus Ministros, y toda la Oposición, comenzando por el Sr. Feijóo, y sus portavoces, periodistas, tertulianos, y demás voceros de la calle, tenemos una tarea ineludible y trascendental: callar un poquito, pensar mucho y después hablar, y guardar silencio para dejar hablar al otro. ¿Tan difícil es esto que es tan fácil? Pues si no lo hemos aprendido ni lo acabamos de aprender deberíamos ir urgentemente a la escuela pública… que no cuesta nada.
