YO, MAMÍFERA, Nela Prieto

POR MARÍA JESÚS PRIETO VILLARIÑO. LIC. FILOSOFÍA

«Mi día es muy sencillo; no tengo prisas para nada. Me levanto descansada, sin el aviso molesto de un despertador. Me levanto con Coki mi caniche blanca, ella tiene 12 años. Las dos vamos a pasear por los jardines del Palacio de Santa Cruz, luego entramos a desayunar con mis amigas en el bar de siempre. […] en casa no me acostumbro a comer nada. En la cafetería nos reunimos a veces cinco mujeres, cada una hacemos vidas bien distintas. Los chistes y los comentarios íntimos nos despiertan.»

En Yo, mamífera (2005), la pintora vallisoletana Nela Prieto nos cuenta la rutina de un día sin prisas, desayunando con sus amigas, y apetece unirse al grupo. Nos hace pensar en lo que de verdad nos pone en marcha cada mañana: la calidez de saber que alguien nos espera. En nuestra cultura patriarcal, la amistad entre mujeres es despachada como cotilleo, cuando en realidad es una forma de cuidado mutuo, porque la risa y la confidencia nos sostienen en la vida. No es importante parecerse, pero sí cuidar de cada una: escuchar, notar y aliviar el desánimo temporal, celebrar las alegrías. Es un placer, pero, también, un quehacer.

Quizá la conclusión sea esta: es una buena idea fijar día y hora para encontrarnos, porque de la constancia surge el ritual y, con él, el bienestar. Un bar, o si en el pueblo no hay, la solana, la plaza o una partida de cartas. Un grupo así no se improvisa el día que hace falta. Se ha ido tejiendo mucho antes, en mañanas sin importancia, entre bromas que nadie recuerda.

Portada de ‘Yo, mamífera’, de Nela Prieto

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