CONCHA GALLARDO, LA GUARDIANA DE SAN HIPÓLITO

A. ÁLVAREZ/ Támara

En la inmensidad de la meseta palentina, la majestuosa silueta de la Iglesia de San Hipólito el Real de Támara de Campos emerge como una catedral levantada en mitad de la nada.

Declarada Monumento Nacional en 1931, esta joya del gótico tardío y del renacimiento conserva entre sus muros el eco de un pasado esplendoroso. Sin embargo, su verdadero milagro cotidiano no son las piedras esculpidas por Felipe Bigarny ni sus rejas renacentistas, el verdadero milagro está en las manos de la persona que la mantiene abierta para todo aquel que quiera visitarla.

A sus 80 años, Concha Gallardo es la alcaldesa de Támara, un pueblo de solo 74 habitantes, pero sobre todo es la guardiana voluntaria del templo. Sin horario fijo ni más salario que el amor a su pueblo, escoba en mano barre las naves, abre los portones de madera y comparte la historia del lugar con todo aquel que se acerca a llamar a su puerta.

Ella encarna a esa legión invisible de personas que conservan llaves de iglesias, castillos o ermitas en los pueblos más pequeños, y custodian el patrimonio histórico para que no quede clausurado tras un candado de olvido.

Durante la visita, la voz de Concha resuena con la claridad de quien habla de su propio hogar. No recita una lección aprendida de memoria, narra la memoria viva de su tierra. «Yo digo lo que me enseñaron en las escuelas», asegura mientras señala orgullosa las tres naves que emergen magestuosas nada mas girar la llave. «Yo estoy enamorada de esta iglesia. Hoy Castilla es la cuna de la soledad, pero en su día fue la cuna de la cultura. El grano, las merinas, el viñedo… era el alimento de toda Europa», sostiene. Asegura que San Hipólito el Real debe su monumentalidad a esa combinación histórica de patrocinio real y devoción popular. Tras encomendarse al santo en su nacimiento, el rey Alfonso XI dotó a la villa de importantes rentas a comienzos del siglo XIV, privilegio que consolidó Sancho IV permitiendo la recogida de limosnas. Pero, como bien recuerda Concha, el templo se levantó gracias al sudor de los vecinos, familias enteras que subían con sus carretas al páramo a buscar piedra para ponerla a pie de obra a los canteros.

Concha Gallardo en San Hipólito. Foto: A. ÁLVAREZ

«¿Cómo salían estas iglesias?», pregunta mientras señala las bóvedas. «Con trabajo, con sacrificio, con fe. Dicen que la fe levanta montañas, pues aquí, desde luego, las levantó», se responde a sí misma.

En el interior de la iglesia, esa fe convertida en arquitectura se manifiesta en detalles únicos, como el célebre órgano ibérico construido en 1733 por el maestro organero Pedro Merino de la Rosa, «único a nivel mundial» por su colocación sobre una columna de madera que parece de mármol.

Recuerda Concha que las Edades del Hombre eligieron la acústica del templo para una de sus grabaciones y también que un día, unos arquitectos le pidieron imaginar el órgano colocado en otra parte del coro. «Se sentaron en un banco y en diez minutos lo pintaron. Yo estaba barriendo, lo de siempre. Se acercaron a mí y me dijeron: Señora, imagínese que este órgano no está hoy puesto aquí, que lo quieren poner en otro sitio. ¿Qué haría el pueblo?» le preguntaron. «Una manifestación», contestó sin dudarlo.

Y continúa hablado de la asombrosa estética de este órgano único, pero sobre todo del sonido que abruma a quien lo escucha.  Recuerda también con cariño los días en que cobraba vida en la penumbra del templo gracias a un profesor universitario. «Venía todos los sábados a tocarlo y muchas veces  me asustaba porque era la una de la mañana y todavía no había ido a llevarme la llave. Yo decía: Este hombre se ha caído del órgano abajo. Algunas veces subía y me quedaba escuchando en la puerta Y pensaba, vaya, sí que toca. Está vivo, decía», relata.                  

Entre anécdotas describe un tornavoz renacentista, distingue una bóveda estrellada de otra neoclásica, detalla las rejas de la forja palentina con los escudos de Carlos V y de San Hipólito, se encamina hasta la pila bautismal o señala el relieve del banco del retablo, labrado por el maestro Felipe Bigarny.

Y entre las reliquias veneradas los días de fiesta, como la de San Hipólito y San Lorenzo, que cada 13 de agosto sale en procesión por las calles de Támara, vuelven a surgir las anécdotas domésticas que solo una guardiana conoce. «Este otro busto lo encontró mi hija tirado adentro. Estábamos limpiando. Ella metió la mano y no sé cómo lo encontró, y le puso ahí. Se había hundido abajo», explica. Y mientras recorre el templo con orgullo reconoce con tristeza que antes, las iglesias permanecían abiertas durante buena parte del día. «Hoy las puertas se cierran con llave», asegura mientras recuerda el robo de las tablas románicas de Frómista y otros expolios del patrimonio religioso castellano.

Por eso, su labor es tan importante. Porque con su afán confirma que en pueblos cada vez más pequeños, donde escasean los recursos y la población envejece, la conservación del patrimonio depende en gran medida del compromiso de personas como ella. Y porque cuando la visita concluye y Concha echa la llave, ya no hay ninguna duda de que el verdadero patrimonio es la generosidad de personas como ella, que regalan su tiempo para que la historia siga teniendo voz.

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