¿QUÉ NOMBRE LE DAMOS A LAS PERSONAS MAYORES?

Ángel de Castro

Dar el verdadero nombre a las cosas, y no digamos a las personas, tiene un valor en sí extraordinario, porque es acercarse sin trampa ni cartón a la misma esencia de las cosas y las personas. Lo dicho me vale para hablar de los viejos, los ancianos, las personas mayores, los abuelos, nuestros mayores, nuestros abuelos, los yayos, la tercera edad, el colectivo de mayores… y escoger la palabra más adecuada y que mejor los define, sin adherencias despectivas, malévolas, paternalistas, equivocadas. Comencemos desterrando aquellas más lejanas a la verdadera esencia del concepto en suerte:
“Abuelos” no nos vale porque solamente contempla a una porción del amplio espectro, no todos son abuelos, serlo puede ser una bendición de los cielos y las tierras, pero no serlo no tiene por qué ser una maldición. Y además tiene un poso paternalista que aumenta hasta el delirio si se le añade nuestros, venga ya, ¿nuestros?, ¿de nuestra posesión?, ¿bajo nuestro dominio?, ¿sometidos a nuestros gustos para tratarlos como si fueran niños?

“Nuestros mayores” tampoco, valga parte de lo dicho anteriormente.

“Yayos”, ¿A qué zángano colmenero, sin pinta de gracia, se le ocurriría concepto tan estúpido y despreciable? Solo lo puede decir alguien que mira con altanería y rechifla a los otros, sin pensar, el pobre, que llegará un día a esa edad y, en llegando, lo recibiría como un insulto si alguien le llamara yayo. Me parece una falta grave de respeto. Aunque puede que en algunas regiones lleve un matiz cariñoso y se salva de la quema. Y entonces, me callo, y hasta pido perdón.

“Le tercera edad”, me arrepiento de haber utilizado ese término, cuando hace treinta años me acerqué a ese mundo para trabajar en él, hasta escribí un libro con el título “La tercera edad, tiempo de ocio y cultura”. Se extendió el término hasta la saciedad y no se usaba otro, desde las instituciones hasta los últimos de la fila, yo.
“El colectivo de mayores” peca de ambigüedad e inexactitud, puesto que nada tiene que ver un recién jubilado con una persona de 70, 80 o 90 y más años. Hay muchos mundos dentro de este con unas diferencias y solo algunas similitudes muy estimables, y no caben en el mismo saco.

“Viejos” podría valer y servirnos mejor que ninguna otra para un sector del amplio colectivo si no encerrara las connotaciones peyorativas que lleva consigo: inútil, carcamal.., y si se le añade un bello adjetivo como verde, ya es el colmo.

“Ancianos”, solo vale para la última etapa, pues es ridículo llamar a una señora de 50 y más, de 70 y 80 años anciana, como si es un caballero. Está muy lejos de aproximación a la realidad, porque para nada son ancianos. Un respeto.

“Personas mayores”, me quedo con esta y es la que eligió la mayoría europea cuando se les preguntó hará ya más de treinta años. Personas, lo primero, en donde radica la mayor de las dignidades, y mayores, en un proceso ascendente hacia las cumbres más altas, haciéndonos cada vez un poco más y alcanzando la meta.

Un aviso para un comportamiento con estas personas mayores, sobre todo las que se hallan en una etapa de gran fragilidad. Y así como a los niños se les enseña a andar y se les ayuda, ¡cómo no hacerlo con los que, por los muchos años, sus piernas se han debilitado!

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